Con el diálogo cortado hace meses, el peronismo bonaerense busca un equilibrio entre el «operativo clamor» por la unidad y los recelos personales. El rol de los intendentes del Conurbano y la reaparición de Sergio Massa.
La política bonaerense atraviesa un momento de definiciones silenciosas pero determinantes. Mientras el Gobernador Axel Kicillof y la ex Presidenta Cristina Kirchner mantienen una distancia personal que ya cumple siete meses, los armadores de ambos sectores empiezan a medir los costos de una posible ruptura. En los pasillos de las intendencias del Gran Buenos Aires, la preocupación es una sola: cómo afectará este «frío» en la relación al armado de las listas locales para 2027 y, sobre todo, a la gestión diaria en un territorio donde la unidad siempre fue la garantía de gobernabilidad.
La interna no es solo una cuestión de nombres, sino de «códigos» no escritos. Desde el riñón de La Cámpora, liderado por Máximo Kirchner, el mensaje es claro: «Axel tiene que cerrar la interna que empezó». El reproche principal no es solo político, sino simbólico, marcado por desplantes que hirieron la confianza familiar. Sin embargo, en la gobernación platense sostienen que el ciclo ha cambiado y que la gestión de Kicillof en la Provincia le da el derecho a construir un liderazgo con mayor autonomía, sin ser simplemente un «delegado» del poder central.
En este escenario de tensión, los intendentes del Conurbano juegan un papel pendular. Un sector de jefes comunales, apodado el «Grupo AFA» (donde orbitan nombres como Otermín de Lomas y Achával de Pilar), intenta caminar por el medio, evitando quedar presos de la pelea entre La Plata y el Instituto Patria. Estos alcaldes saben que su suerte electoral está atada a la paz interna, y por eso ven con buenos ojos la reaparición de Sergio Massa como un posible «apadrinador» de una nueva generación que busque renovar el aire peronista.
El factor Massa no es menor. El ex ministro de Economía ha vuelto a mostrarse activo, almorzando con Kicillof y reuniéndose con intendentes, bajo una consigna pragmática: «Es PASO o caos». Su estrategia apunta a ordenar la oferta electoral del año que viene sin que la sangre llegue al río. Mientras tanto, nombres como el de «Wado» de Pedro en el kirchnerismo puro, o el salto del sanjuanino Sergio Uñac a la arena nacional, aparecen como piezas de un ajedrez que busca limitar o potenciar el crecimiento del Gobernador según quién mueva la pieza.
Para el militante y el vecino que sigue de cerca la política de su distrito, la gran incógnita es si primará el pragmatismo —al estilo de la histórica dupla Palermo-Riquelme— o si las heridas personales terminarán por fragmentar el voto en el principal bastión electoral del país. Kicillof busca ser el candidato del consenso sin «romper» con Cristina, una misión que parece tan necesaria como difícil de ejecutar en el actual clima de desconfianza.
La resolución de este conflicto definirá mucho más que una candidatura presidencial; marcará el rumbo de la gestión provincial y local en los próximos años. Por ahora, el peronismo bonaerense se debate entre la necesidad de unidad para enfrentar el modelo libertario y la pulsión interna por definir quién conduce realmente el destino de la Provincia.

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