26 septiembre, 2026

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Autos eléctricos: cuánto se ahorra, cuánto tardan en cargar y qué hay que evaluar antes de comprar uno

El régimen de importación sin arancel para determinados vehículos de motorización alternativa permitió ampliar la oferta de modelos eléctricos en Argentina y acercar sus precios a los de algunos autos convencionales. Sin embargo, antes de elegir un vehículo 100% a batería, hay que conocer sus costos de mantenimiento, tiempos de carga, autonomía y las nuevas formas de uso que exige esta tecnología.

Los autos 100% eléctricos comenzaron a ocupar un lugar cada vez más visible dentro del mercado automotor argentino. A diferencia de los vehículos convencionales, que utilizan combustible líquido, estos modelos funcionan exclusivamente con energía almacenada en una batería de litio.

La diferencia más evidente está justamente en la forma de obtener energía: mientras un auto tradicional carga litros de nafta, un eléctrico recarga kilowatts en su batería. Pero esa no es la única característica que los distingue.

Hasta hace aproximadamente dos años, uno de los principales obstáculos para acceder a esta tecnología era el precio. Los vehículos eléctricos importados desde Europa, Asia o Norteamérica debían afrontar un arancel de importación del 35%, lo que elevaba considerablemente su valor frente a los modelos convencionales.

Ese escenario cambió con el régimen que permite importar determinados vehículos de motorización alternativa con Derecho de Importación Extrazona del 0%, bajo determinadas condiciones y dentro de un cupo anual de hasta 50.000 unidades. El beneficio alcanza a vehículos cuyo valor FOB no supere los USD 16.000.

Como consecuencia, la diferencia de precio entre algunos modelos eléctricos y los autos nafteros se redujo considerablemente, aunque los vehículos de mayor valor quedan fuera de este esquema.

Cómo reconocer un auto eléctrico

A simple vista y, sobre todo, al escucharlos, existen algunas características que permiten identificar rápidamente a los vehículos eléctricos.

Hay tres elementos que los diferencian de los autos convencionales: no tienen caño de escape, no producen el sonido habitual de un motor de combustión y tampoco cuentan con una parrilla frontal abierta como la de un vehículo tradicional.

La ausencia del escape responde a una razón sencilla: al no existir un motor de combustión que queme combustible, tampoco se generan gases que deban ser expulsados.

El sonido también es diferente. Los eléctricos no producen el ruido característico de un motor convencional, sino un zumbido electrónico. El sonido artificial forma parte de las regulaciones de tránsito y tiene como objetivo permitir que los peatones adviertan la aproximación del vehículo.

La tercera diferencia está en la parte frontal. Al no existir un radiador convencional que necesite recibir aire fresco para refrigerar un motor de combustión, los eléctricos no requieren las grandes entradas de aire que suelen encontrarse entre los faros delanteros. Las aberturas que conservan algunos modelos, tanto en la zona superior como inferior, están destinadas principalmente al funcionamiento del sistema de climatización del habitáculo.

El ahorro aparece en el uso diario

Las diferencias económicas van mucho más allá del precio inicial del vehículo.

En Argentina, donde la electromovilidad todavía es relativamente reciente, los vehículos 100% eléctricos representan aproximadamente el 10% del total de ventas dentro del universo de vehículos que incorporan una batería.

Uno de los principales atractivos está en el costo de movilidad. Para recorrer la misma cantidad de kilómetros, un auto eléctrico requiere un gasto entre 80% y 90% menor que el necesario para comprar una cantidad equivalente de nafta.

El ahorro también aparece en el mantenimiento.

Mientras un automóvil convencional suele realizar un service cada 10.000 kilómetros, en un vehículo a batería ese intervalo puede extenderse hasta los 20.000 kilómetros. A esto se suma que cada mantenimiento requiere reemplazar una menor cantidad de componentes.

Un auto convencional necesita, por ejemplo, cambiar alrededor de 4 litros de aceite cada 10.000 kilómetros, además del filtro correspondiente. En el eléctrico esa operación no existe. El único aceite utilizado corresponde a la transmisión y su reemplazo se realiza cada 40.000 kilómetros.

La lista de componentes que desaparecen también es extensa. En un vehículo con motor de combustión hay elementos como el filtro de nafta, el sistema de distribución, poleas, eventualmente la correa, bujías, cables de bujías, sistema de escape y catalizador.

En un auto 100% eléctrico, ninguno de esos componentes está presente.

Hay, de todos modos, elementos que ambos tipos de vehículos comparten. Entre ellos aparecen el filtro de aire del habitáculo, el líquido refrigerante y todo el sistema de frenos. En los eléctricos, el líquido refrigerante también cumple una función relacionada con la temperatura de las baterías.

El sistema que reduce el desgaste de los frenos

Incluso dentro de los elementos compartidos existen diferencias en el uso.

Los vehículos eléctricos cuentan con sistemas de regeneración de energía mediante el propio motor eléctrico. Esta tecnología permite recuperar parte de la energía durante las desaceleraciones.

Una de las funciones vinculadas con este sistema es el denominado One Pedal Drive, o conducción con un solo pedal. El mecanismo permite que el vehículo reduzca su velocidad e incluso se detenga al levantar el pie del acelerador, sin necesidad de utilizar constantemente el pedal de freno.

Esto genera otro ahorro de mantenimiento: al utilizarse menos el sistema de frenos convencional, las pastillas y los discos pueden tener una vida útil considerablemente mayor.

El principal desafío: cuánto demora una carga

Pero no todo son ventajas.

Los principales aspectos que requieren adaptación están directamente relacionados con la batería de litio. Uno de ellos es el tiempo de carga.

Mientras cargar combustible en una estación de servicio puede demandar aproximadamente cinco minutos, una recarga de un vehículo eléctrico lleva bastante más tiempo. En términos generales, el proceso puede multiplicar entre ocho y diez veces ese período.

Una carga rápida desde el 20% hasta el 80% de la batería nunca demanda menos de aproximadamente 30 minutos y, dependiendo de la capacidad de la batería y de la potencia disponible en el cargador, puede superar la hora.

Por eso, la utilización de un eléctrico exige modificar el concepto tradicional de carga.

La clave es aprovechar el período en el que el vehículo permanece detenido. Un automóvil particular que no se utiliza como herramienta de trabajo puede permanecer estacionado entre el 80% y el 90% del día. En ese tiempo existe la posibilidad de realizar la recarga sin perder horas de circulación.

La lógica cambia respecto de un vehículo convencional: mientras el auto a nafta se carga principalmente cuando se necesita utilizarlo, el eléctrico puede cargarse durante las horas en las que permanece estacionado.

Tener un punto de carga es fundamental

Quien compra un vehículo eléctrico debe contemplar como una condición prácticamente indispensable contar con un cargador propio o tener uno accesible de manera habitual.

Si existe un punto de carga en la vivienda o en el lugar de trabajo, las aproximadamente ocho horas del descanso nocturno o las ocho horas de una jornada laboral pueden ser suficientes para realizar una recarga.

Además, existe una diferencia de costos según el lugar donde se cargue. El precio del kWh en un domicilio puede ser entre dos y tres veces más barato que el que se abona en un cargador público ubicado, por ejemplo, en un centro comercial o una estación de servicio.

Por eso, la posibilidad de cargar el vehículo en casa o en el trabajo se convierte en un factor importante a la hora de evaluar el costo real de utilización.

La autonomía obliga a planificar los viajes

El segundo gran cambio de hábito tiene que ver con la planificación.

La autonomía de los vehículos eléctricos continúa siendo una de sus principales limitaciones. En términos generales, no supera los 400 kilómetros, salvo en modelos de alta gama que incorporan baterías de mayor capacidad y cuyos precios pueden superar los USD 70.000.

Esto adquiere especial importancia en viajes largos.

Si se proyecta un recorrido superior a 300 kilómetros, ya no alcanza con saber cuál es la autonomía anunciada por el fabricante. También es necesario conocer dónde se podrá realizar la siguiente recarga y qué potencia tendrá disponible el cargador.

Incluso cuando exista un cargador público cerca del punto en el que se necesitará detenerse, resulta necesario conocer previamente su potencia para calcular cuánto tiempo llevará recuperar al menos el 80% de la batería.

Por qué la carga se vuelve más lenta después del 80%

Otro dato fundamental es que una batería no mantiene hasta el 100% la misma velocidad de carga que ofrece el cargador en su potencia nominal.

Cuando alcanza aproximadamente el 80% o 90%, la velocidad de carga disminuye considerablemente. El objetivo es proteger el sistema y la batería.

Esto modifica de manera importante la planificación de los viajes.

Por ejemplo, si una carga hasta el 80% demanda alrededor de 40 minutos, completar posteriormente el 100% puede requerir otros 40 minutos adicionales.

Por esa razón, detenerse para alcanzar el 100% no siempre representa la alternativa más eficiente cuando se está realizando un viaje largo.

También hay que considerar que, después de la primera parada, la autonomía disponible para el siguiente tramo no será necesariamente equivalente a la inicial. Si el primer recorrido fue de unos 300 kilómetros y la batería se recargó solamente hasta el 80%, el siguiente tramo podría tener una autonomía de alrededor de 220 kilómetros, en lugar de volver a contar con los 300 kilómetros iniciales.

En definitiva, la transición de un vehículo convencional a uno eléctrico no implica solamente cambiar nafta por electricidad. También supone modificar la manera de calcular los gastos, realizar el mantenimiento, cargar el vehículo y planificar los viajes.

Para quienes puedan contar con un punto de carga propio y utilicen el automóvil principalmente en trayectos urbanos o recorridos previsibles, el menor costo de movilidad y mantenimiento aparece como uno de los principales aspectos a considerar. En cambio, para viajes extensos, la autonomía y los tiempos de recarga requieren una planificación diferente a la de un vehículo tradicional.