Desde diciembre de 2023, el combustible aumentó un 543%, duplicando el ritmo de los salarios. El impacto de los impuestos en cada litro y la falta de obras en nuestras rutas.
Cargar el tanque se volvió una misión imposible para las familias del barrio. Mientras los informes oficiales celebran que Argentina alcanzó su mayor nivel de producción de petróleo desde 1998 gracias a Vaca Muerta, el vecino que llega al surtidor se encuentra con una realidad opuesta: pagamos la nafta más cara que en Brasil o Estados Unidos. Esta contradicción no es casualidad, sino el resultado de un cambio en las leyes que prioriza la exportación por sobre el consumo interno, dejando a los argentinos pagando precios internacionales por un recurso que sale de nuestro propio suelo.
Los números que manejan los comercios y las familias de la zona son alarmantes. En lo que va de 2026, la nafta subió un 24%, mientras que los sueldos apenas crecieron un 6,7%. Esta brecha de casi 18 puntos en solo cuatro meses significa, llanamente, dinero que las familias deben recortar de la comida, el alquiler o la educación. Hoy, el litro de nafta en Argentina cuesta unos US$ 1,50, superando ampliamente los US$ 1,09 que se pagan en EE.UU., un país que no tiene nuestras reservas de gas y petróleo no convencional.
Un punto que golpea fuerte en el bolsillo local es la carga impositiva. De cada $2.000 que gastamos en combustible, $400 se van directamente en el Impuesto a los Combustibles Líquidos (ICL). Lo más indignante para el vecino es que, por ley, ese dinero debería destinarse a arreglar las rutas y mejorar la infraestructura vial. Sin embargo, mientras el impuesto es el que más recaudó en la gestión de Javier Milei, la inversión en obra pública cayó un 97%, dejando miles de obras paralizadas y nuestras calles sin mantenimiento.
Este aumento no se queda solo en el surtidor. Al subir el combustible, sube automáticamente el costo del flete y el transporte de mercaderías, lo que termina encareciendo el pan, la leche y los productos básicos en el almacén del barrio. Es un «impuesto invisible» que castiga doblemente a los que menos tienen, ya que encarece toda la cadena de consumo de la economía real.
Para los especialistas, la solución requiere volver a poner el foco en las necesidades de la gente. Se propone redefinir el esquema de precios para que no estemos atados a lo que pasa en el exterior —como el conflicto en Irán, que hoy no nos afecta directamente— y bajar la carga de impuestos que no vuelven en obras. El petróleo debería ser la locomotora que empuje la economía de los argentinos, no un lastre que hunda el presupuesto familiar.
La situación plantea un desafío urgente: ¿De qué sirve tener récords de exportación si el vecino no puede usar su auto para ir a trabajar? La política energética de los próximos meses será clave para ver si el combustible vuelve a ser un servicio accesible o si seguirá siendo un artículo de lujo en un país que rebalsa de petróleo.

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